Bienvenidos Virginieros y Virginieras , ya que la semana pasada os hable del autor Antonio Machado, esta semana he decidido comentar uno de sus poemas.

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

“A un olmo seco” es uno de los poemas más conocidos de Antonio Machado (1875-1939), uno de los nombres más destacados de la poesía española contemporánea. Tras una escritura inicial influenciada por el modernismo, Machado evoluciona voluntariamente hacia posturas noventayochistas que exaltan los valores castellanos a través de una denuncia trágica situación sociopolítica de la España del momento. No obstante, nuestro poeta alcanza  un estilo único, denominado lo machadiano, caracterizado por la manifestación de sentimientos universales a través del empleo de símbolos y de un lenguaje sencillo. Machado observa la realidad cotidiana, la interioriza, la contamina con sus sentimientos y la devuelve convertida en obra de arte. Le interesa mucho más lo íntimo y melancólico, las ideas del corazón, que los aspectos formales del poema.

Nos encontramos, por tanto, ante un texto poético que se caracteriza por la subjetividad y el reflejo del mundo interior del poeta. Aparte de por estar escrito en versos. Concretamente, ante un texto lírico de uno de los poetas más importantes de la literatura española de los s. XX. Como texto literario que pretende sorprendernos y emocionarnos, podemos establecer un doble proceso comunicativo: uno externo y otro interno. En el externo es Antonio Machado el emisor que transmite un mensaje escrito, el poema en si, a unos receptores diversos y universales: los lectores. Cada lector debe interpretar el mensaje, de ahí que deba ser activo y que colabore en el significado último del texto. El canal, como hemos apuntado, es escrito y el código es la lengua española. Respecto al interno, la voz del poeta (el sujeto lírico) se dirige a un tú o apóstrofe lírico que en este caso es el olmo, aunque profundizando el olmo es el propio poeta y cada uno de nosotros.

Varias son las funciones lingüísticas presentes. La poesía se caracteriza por ser la manifestación artística del mundo interior, predomina la función emotiva caracterizada  cada vez que aparecen los sentimientos del poeta (“quiero anotar en mi cartera” y “Mi corazón espera”, ver


En pocas palabras, “A un olmo seco” aborda el tema principal del paso del tiempo, la fugacidad de la vida y la presencia inevitable de la muerte.
sos 26 y 28 respectivamente). Por otro lado, el yo lírico se dirige a tú que es el olmo (en última instancia somos todos nosotros, incluso el propio poeta porque el olmo no es más que una proyección del estado físico y anímico de Antonio Machado); en este sentido, encontramos la función apelativa en ejemplos como “Antes que te derribe…” y “la gracia de tu rama enverdecida”.

Desde el punto de vista de la métrica, el poema es un silva que alterna versos de arte mayor y de arte menor, concretamente endecasílabos (11 sílabas) y heptasílabos (7 sílabas), agrupados en estrofas irregulares (es decir, con distinto número de sílabas). En cuanto a la rima, esta en consonante, esto es, riman vocales y consonantes siguiendo el siguiente esquema general: 11 A 7b 11 A 11B 11C 11D 11C 11D… Esta rima es la que proporciona musicalidad a la composición y permite agrupar los versos conforme al sonido similar entre ellos. Respecto a la estructura, podemos distinguir cuatro partes principales atendiendo al contenido. La primera abarca la primera estrofa. En ella, Machado presenta el “olmo viejo” al que dirige sus palabras, de ahí que funcione a modo de introducción. Las siguientes tres estrofas constituyen la segunda parte. Ahora nos dice que el olmo está cerca del río Duero y comienza a detallar su lamentable estado, tras una breve descripción inicial en la primera parte. La tercera comprende desde el verso 15 al 27 en los que el sujeto lírico se dirige al olmo para confesarle que quiere retener sus últimos versos los que constituyen la cuarta y última parte. Ahora el poeta, en primera persona, se identifica con el olmo: él también ha sido víctima del paso inevitable del tiempo y, por tanto, espera “otro milagro de la primavera”.

Varios son los recursos empleados. En primer lugar la presencia del apóstrofe lírico abre el primer verso: “ Al olmo seco…”. Este olmo está podrido aunque aún le brotan “algunas hojas verdes” en primavera. Encontramos dos metáforas: un rayo que lo ha atravesado, es decir, el paso del tiempo, y las pocas hojas verdes que brotan como imagen de esperanza y vida. Por otra parte, en el tercer verso observamos la antítesis al oponerse “lluvias” y “sol”, así como el hipérbaton de los versos 3 y 4: “con las lluvias de abril y el sol de mayo/algunas hojas verdes con las lluvias de abril y el sol de mayo”. Una exclamación que enfatiza los sentimientos del poeta abarca casi la totalidad de los dos primeros versos de la segunda estrofa. Se especifica la edad del olmo y su localización /centenario en una colina cercana al Duero). Cuando leemos que el olmo “lame el Duero”, apreciamos una personificación pues un árbol no puede realizar la función de lamer. Los versos restantes, que también constituyen un hipérbaton, son pinceladas que describen, gracias al uso de adjetivos connotativos, el lamentable estado de su tronco “carcomido y polvoriento”. Son adjetivos connotativos porque, indudablemente, son empleados para resaltar las consecuencias de la fugacidad de la vida y la presencia acechante de la muerte. Esta muerte simbolizada en el olmo y su deteriorado aspecto, contrata con los álamos presentados en la tercera estrofa, árboles que representan la vida, de ahí que sean “álamos cantores” porque “pardos ruiseñores” habitan en sus verdes ramas. Cuatro recursos pueden ser objeto de nuestro comentario: la antítesis ya comentada entre el olmo y los álamos; la personificación, el epíteto, y por último, la presencia de un símbolo machadiano: el camino, es decir, la vida: una vida llena de olmos y álamos que “guardan el camino y la ribera”; en otras palabras, una vida repleta de viejos y jóvenes, de muerte y vida.

La presencia del poeta español Jorge Manrique es clara en el verso 24 y su conocida metáfora de los ríos como vida y el mar como muerte (escribía Manrique: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir”, y escribe Machado: “antes que el río hasta la mar te empuje” o lo que es lo mismo: antes que la vida imparable te conduzca a la muerte”). En el verso siguiente, el 25, introduce una antítesis: “valles y barrancas”, momentos placenteros (“valles”, lo regular y llano) junto a otros difíciles (“barrancos”, lo irregular y abrupto). Concluye el poema con la presencia del sujeto lírico que se manifiestan en la primera persona del singular “quiero”, “mi cartera y “mi corazón”.

Antes de analizar los rasgos lingüísticos, debemos referirnos a aquellos elementos que proporcionan coherencia el poema. El tema abordado, la estructura del texto y nuestro conocimiento del mundo contribuyen a darle sentido a la composición. Al tratarse de un poema, nuestra formación cultural y nuestra sensibilidad contribuyen decisivamente a su coherencia. Entre otras, las principales características de todo poema son su brevedad e intensidad, su capacidad de sugerencia, el ritmo y la musicalidad y, muy especialmente, el predominio de la función poética.

Semánticamente, dos son los campos semánticos que más llaman la atención: el de la naturaleza con hipónimos como “olmo, rayo, lluvias, sol, álamos, colina, río, mar…” y el que connota paso del tiempo y decrepitud con hipónimos como “seco, viejo, podrido, centenario, amarillento, carcomido, polvoriento…” Es este segundo campo semántico el que acentúa el valor connotativo presente en todos los versos, connotación que se ve favorecida gracias al uso de símbolos: el camino no es un camino objetico sino la vida; el olmo no es un árbol sino el ser humano; el rayo sugiere paso del tiempo; el río es la vida y la mar la muerte; el hacha del leñador se interpreta como muerte; y los adjetivos valorativos connotan deterioro físico, pérdida de facultades y fugacidad de la vida. En síntesis esta connotación subraya el significado del texto: el hombre no escapa al paso del tiempo, envejece y observa deteriorado como se avecina la muerte. Estos adjetivos funcionan, de alguna manera, como sinónimos pues todos connotan, como hemos señalado, paso del tiempo.

En conclusión, hemos analizado un texto literario poético incluido en una de las obras más significativas de Antonio Machado: Campos de Castilla. Con un lenguaje claro y sencillo, nuestro poeta reflexiona sobre el paso del tiempo y se identifica con un olmo seco y podrido que da las últimas muestras de vida (unas escasas hojas verdes). En otras palabras, Machado habla de cada uno de nosotros, de los universales del sentimiento, de las ideas del corazón, de aquellos asuntos que tanto nos preocupan y ante los que a menudo no tenemos respuesta, y lo hace además de forma estética porque, como sabemos, todo texto literario es reflexión y arte.

 

 

Y aquí llega mi relato de hoy. Bye bye!